Artículos prácticos sobre maquinaria, normativa, mantenimiento y más
(Primera entrega del ciclo: Pasado → Identidad → Futuro)
Durante cientos de miles de años, la supervivencia humana dependió de una sola ecuación: encontrar alimento antes de que este se agotara. Pero hace entre 12.000 y 9.500 años, algo ocurrió en diversos puntos del planeta. Un cambio silencioso, casi accidental, que transformó para siempre la relación del ser humano con la tierra. Nacía la agricultura. Nacía la civilización.
Los grupos humanos del Paleolítico vivían en movimiento continuo. La naturaleza marcaba el ritmo: recolectaban frutos silvestres, cazaban animales migratorios y utilizaban herramientas simples de piedra. No existía propiedad, ni territorio, ni idea de futuro. La vida era presente puro. Pero la presión demográfica, el cambio climático del final de la última glaciación y la observación constante del entorno prepararon el terreno para el gran salto.
El cambio no fue inmediato. No hubo “primera agricultura”, sino procesos paralelos y repetidos que aparecieron en distintos lugares del mundo:
La humanidad empezó a comprender que la tierra podía multiplicar el alimento… si se la cuidaba.
El desarrollo agrícola no fue solo botánico. Fue también tecnológico:
Los más avanzados nacieron en Sumeria: canales y diques. Egipto añadió pozos y elevadores de agua. China perfeccionó las terrazas. Este proceso acumulado durante miles de años es la base de nuestras variedades actuales.
La agricultura creó excedentes. Donde antes solo había lo justo, ahora aparecían reservas para las primeras aldeas estables. Luego pueblos. Después, ciudades. Por primera vez, había más alimento del necesario. Y con el excedente surgió:
Durante milenios, la identidad del ser humano estuvo unida al campo: sembrar, esperar, cosechar.
Porque explica la relación profunda que tenemos con la tierra, la organización del territorio y el modo en que producimos alimento. Es el punto de partida que explica:
